jueves, 20 de noviembre de 2014

Las dos industrias

Por Guillermo Rodríguez Rivera

Hace poco los lectores de los asuntos internacionales conocimos de la quiebra de la ciudad norteamericana de Detroit, donde los ingresos no bastaban para hacerle frente a los gastos de la ciudad que, de los casi dos millones de habitantes que tenía en 1960, ahora apenas anda cerca  del millón.

De los años cincuenta, yo, que era un niño entonces, recordaba el poderoso brazo de Al Kaline que tiraba desde el right field y enfrió a más de un enemigo de los guerreros Tigres, el apodo del equipo de béisbol de la ciudad.

Si uno repasaba el mapa de Michigan, el estado donde se situaba la gran ciudad, uno encontraba algún topónimo que le resultaba particularmente familiar, como Pontiac, el pueblo indígena del que tomó su nombre aquel automóvil, que era la joyita de la General Motors. Allí se había fundado la empresa en 1908, del mismo modo que allí habían surgido Ford y Chrysler.  Pero marcas universalmente conocidas como Oldsmobile y la propia Pontiac habían desaparecido, y a la Chrysler se la había tragado la Daimler alemana.

Ya la primacía en la producción y en la venta, que había sido privilegio norteamericano, había pasado a marcas de Asia y Europa, como Mercedes, Volkswagen y Toyota. Antes, Detroit vendía sus autos en todo el mundo, pero ya no tiene esa primacía ni en los propios Estados Unidos: la ciudad en quiebra que es Detroit perdió la delantera en las ganancias de esa industria que ella fundó y controló por muchos años.

Pero la República Popular China empezó a cobijar otras grandes industrias que años atrás estuvieron en los Estados Unidos, porque nacieron allí. Los operarios chinos cobran mucho menos que los estadounidenses y trabajan con una calidad semejante.

Los Estados Unidos tienen la deuda externa mayor de todo el mundo: consumen mucho más de lo que producen y no se sabe qué ocurrirá el día que sus acreedores les exijan que honren sus deudas.

De veras, a la gran nación del norte le van quedando apenas dos grandes industrias que son su refugio en estos duros tiempos y que se han convertido en fuente de preocupación y muchas veces de horror para el resto del mundo.

Una es la de la comunicación, lo mismo en su más directa variante, que es el periodismo, como en la mucho más sofisticada y atractiva que es la información, que asume las peculiaridades del arte.

Yo nací a la vida cultural en los tiempos dorados de lo que se llamó el “cine de autor”. Durante muchos años, el bloqueo económico, comercial y financiero que los Estados Unidos han mantenido contra Cuba, motivó que en los años sesenta nos llegara muy poco del cine norteamericano que antes proliferaba entre nosotros. Cuando llegaba, era indirectamente.

Los años sesenta cinematográficos en Cuba estuvieron marcados por grandes autores del mundo socialista (Mijail Kalatozov, Grigori Chujrai, Andrzej Wajda, Jerzy Kawalerowicz, Adrezej Munk, un Milos Forman y un Roman Polanski que todavía no habían emigrado a Hollywood) pero, además y sobre todo, por el contacto con Ingmar Bergman, Luis Buñuel, Alain Renais, Claude Chabrol, Louis Malle, François Truffaut, Akira Kurosawa, Joseph Losey, Michelangelo Antonioni, Pietro Germi, Bernardo Betolucci, Jean Luc Godard, Federico Fellini, Agnes Varda, Jacques Demy, Gillo Pontecorvo, Glauber Rocha, aunque no faltaron Orson Welles, Alfred Hitchcock, Billy Wilder y Francis Ford Coppola para entregarnos un riquísimo panorama del cine del mundo.

Uno queda abrumado al ver como ese cine de autor casi ha desaparecido para ser reemplazado por la seriada y comercial producción norteamericana que produce, en verdad, algunas obras de calidad, pero cuyo absoluto dominio es una difusión centrada en un entretenimiento banal, que empobrece pasmosamente el nivel general del cine que se ve hoy en todas partes.

El cine es una de las dos grandes industrias cuyos productos los Estados Unidos expanden por el mundo. La otra, la terrible, es la industria de la guerra.

Los Estados Unidos conformaron ese territorio que va de costa a costa de la América del Norte, arrancándoselo a sus indios, a los que confinaron a las llamadas “reservas” o a otros países como México, al que despojaron de más de la mitad de su territorio.

En los tiempos de esa expansión, casi sin orden y sin ley, se aprobó, en 1791, la Segunda Enmienda  a la Constitución, que da a todos los ciudadanos el derecho a poseer y a portar armas, casi sin limitaciones. 223 años después, esa enmienda sigue vigente: en una simple ferretería, un norteamericano puede comprar un fusil automático sin el menor tipo de indagación sobre quien es la persona que adquiere tal arma.

Desde momentos tan tempranos en la constitución de la nación, comenzó un auge de la industria militar que no ha cesado desde entonces. A la inversa, se ha acrecentado de modo tal que en 1960, en el discurso en que se despedía de la presidencia de su país, el prestigioso y conservador general Dwight D. Eisenhower advertía sobre el grave peligro que era, para la democracia norteamericana, el auge y el poder que había alcanzado lo que ya se conocía como el complejo militar industrial.

El Complejo iría acumulando un enorme poder procedente de sus fabulosas ganancias: llegaría a colocar a hombres clave en instituciones como el Pentágono o el State Department y sería un lógico promotor de todo tipo de armamentismo.

Lo que pudo haber sido una protección al ciudadano, en los tiempos de una expansión que generaba violencia, ha acabado por desproteger al estadounidense que para nada está a salvo de un psicópata o un irritado que se procure fácilmente un arma y salga a “cazar” a sus conciudadanos. Son muchas esas experiencias que han tronchado decenas de vidas en las escuelas de ese país.

Con el negocio y tráfico de armas se ha armado, por ejemplo, el poderoso mundo del narcotráfico mexicano, que tiene el poder de fuego de un ejército para enfrentar a las autoridades de su país.

Para vender las armas costosas, que son las más dañinas –los aviones bombarderos tripulados o sin tripular, los misiles, las minas– los fabricantes de armas tienen que procurar que se consuman y esas solo se consumen en las guerras.

Desde el llamado fin de la guerra fría, los Estados Unidos han convocado a numerosas guerras: la guerra del Golfo que libró Bush padre; la guerra de Kosovo, que llevó adelante el demócrata Clinton; la falaz guerra de Irak, apoyada en la mentira de las armas de destrucción masiva, convocada por  Bush hijo, que dejó un país destruido, dividido e ingobernable; la inacabable guerra de Afganistán, inaugurada también por Bush, el pequeño, y continuada por el Nobel de la Paz, organizada  para matar a un solo hombre que, al final, estaba en Pakistán; el oportunista bombardeo de Libia, llevado adelante para derrocar al gobierno de un país que hoy está anarquizado; la brutal guerra librada para derrocar al gobierno de Siria por unos mercenarios terroristas sostenidos por Occidente y sus aliados árabes, que no cumplieron su tarea y ahora van a ser combatidos por sus padres que, como de pasada, tratarán de acabar con el gobierno de Damasco.

En el mundo queda solo una agresiva alianza militar, la OTAN, que sueña el imposible sueño de gobernar el mundo.

Es muy difícil que los Estados Unidos puedan poner límites a una industria que casi sostiene una economía que se ha empobrecido en otras áreas.

Los Estados Unidos, acaso por sobrevalorar su potencia, que implica menospreciar la de los otros, ha caído en trampas que su confianza en la sola  fuerza no les ha permitido ver.

Las dos industrias son perfectas y complementarias: una mata y la otra incita a matar y después justifica las muertes.

Es, sin embargo, el despliegue de una voluntad errática, porque nadie domina el mundo. De una manera u otra, los magnates norteamericanos lo comprobarán: ojalá no sea al costo de mucha más sangre.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Volar sobre el río Arigüanabo

Por Homero Perdomo Betancourt

Faltarían años para que la coterránea y amiga Argelia, después del poético musical alumbramiento, hiciera que Silvio cantara: “Llegué por San Antonio de los Baños”. Le faltarían a ese “necio” cientos de sus poemas canciones para cabalgar urgente en su Unicornio Azul a su memorable Cita con Ángeles; para que el misterio de su poesía sin trampa acudiera en defensa de nuestro río Arigüanabo al cantar: “Anoche fue la orquesta a despedir el río, la fauna y la floresta del pueblecito mío…”

Por aquel tiempo arigüanabense, los dos enormes bosques que custodiaban al río conservaban gruesas lianas y fuertes bejucos, serpenteando entre viejos robles, cedros, caobas y yagrumas, reposando sobre un manto de zarzas, matojos y flores silvestres.

Mariposas, sinsontes, bijiritas, totíes y lechuzas entre otras especies autóctonas y exóticas. Lagartijas, majáes, jubos, iguanas, arácnidos.

Truchas, carpos, biajacas, jicoteas, catibos y guajacones fiestaban en sus aguas mansas, aún no contaminadas, moteadas por la malangueta y el lino. En ese ambiente de paz y ensueño se inspiraron poetas, enamorados y… locos.

¡Nadie! O casi nadie ofendía a nuestro río arrojándole deshechos; sólo las lluvias arrastraban hojas secas, gajos y pencas de guano que Pedro “Tiñosa” limpiaba permanentemente, como si el río fuera un parque más.

También por esa época apareció en el cine el primer justiciero volador que, al conjuro de la palabra Shazam, se convertía en el Capital Maravilla, volando sobre los rascacielos neoyorkinos, a la caza de malhechores. ¡Nunca escapaban!

Yo, que degustaba el ter año de mi adolescencia, quería ser como el Capitán. En las matinés domingueras, entre las dos películas proyectaban uno de los doce capítulos. No era Tom Tyler el protagonista; era yo mismo. después del último capítulo me fui del cine con el Capitan Maravilla incrustado en el mismo centro del cerebro, encaprichado en volar.

Iba por las calles como un sonámbulo y de pronto me vi ante la copuda ceiba sobre la Cueva del Sumidero donde las aguas, crecidas por las fuertes lluvias, se sumergían para corretear por otros lares, provocando un endiablado ruido al pasar por su garganta.

Me acerqué a la ceiba cautelosamente para no pisar una gallina prieta muerta, unos centavos esparcidos y un bultito con no sé qué, atado con una tira roja. Sobre un matojo, bien colocados un blúmer y calzoncillo como testimonio de un feliz combate en el que ambos contendientes se alzaron victoriosos.

Me subí a un muro en ruinas y alcancé una rama que me llevó al cuerpo de la ceiba. me desnudé, puse la camisa a la espalda y la abotoné al cuello, como si fuera la capa de caperucita. del bosque bajaba el viento con sus olores mezclados: susurrante me decía:

--Lánzate pero no llegues al agua, sigue volando, verás que es fácil.

Desde la bamboleante altura miré hacia abajo y los muros que atrapan el río casi se unieron.

Mi respiración cortada y el corazón al galope. Tragué en seco. Miré a todas partes: solamente el río embravecido, la Cueva con su boca negra abierta, la ceiba y yo. Un ligero impulso y… ¡me lancé! Iba en perfecta picada, el ríose me acercaba colérico, de pronto grité:

--¡¡SHAZAM!!

Mi cuerpo se puso horizontal.

            --¡¡Coñooo, estoy volando!

Iba a ras del agua, los brazos extendidos, las piernas bien unidas y lo que colgaba e mi cuerpo rozando discontinuo el agua. Atravesé el pueblo por debajo de los seis puentes: el primero de hierro y el último de tablones. En “El Charco del Negrito”, repleto de bañistas, los niños me señalaban boquiabiertos; los adultos miraban sin poderme ver y me alegré, por pudor.

El río al saltar la represa formaba una cortina transparente con caída espumosa. En La Quintica la gente gozaba al son del conjunto Arigüanabo; las notas del contrabajo de Ramiro Domínguez me golpearon el vientre. seguí río arriba  con sus viejos meandros y lugares con nombres sugerentes como: Nudismo, Cueva de los Negros, Macagua… ¡veintidós en total! Durante el recorrido peces y pájaros no dejaban de mirarme recelosos.

Llegué a la Boca de la Laguna y me paré o posé sobre una vieja Yagruma atravesada en el río. El bosque devolvió mi grito de locura…


            --¡¡Recontracoño, lo logré!! ¡¡Nadie me lo va a creer!!






lunes, 10 de noviembre de 2014

Seguir siendo San Antonio de los Baños

Debí haberme preparado mejor para el concierto de San Antonio de los Baños. Debí haber montado con los músicos todas las canciones evocativas que le tengo… Aunque, pensándolo mejor, llevo a mi pueblo tan adentro que no hay canción mía donde no esté su marca.

Aquellos tiempos de naturaleza en eclosión y de libertad son tan importantes que, cuando pienso en mi infancia, he borrado los años que pasé encerrado en apartamentos habaneros y sólo me afloran los fines de semana en que mi madre nos montaba en dos guaguas para, al final, llegar a la casita en que habíamos nacido, en la calle Caridad, número 2 y medio. Allí nos esperaban mis abuelos, María y Félix y mi tía Marta, la más chiquita de las hijas, que todavía vivía con ellos.

Yo saludaba y desaparecía. Sin tocar el suelo andaba cuadra y media, hasta La Callancha (la calle ancha), hasta la casa de mi primo Hectico, para reencontrarme con el Chentum, Carlitos, los dos Julios, Kike, el indómito Guácara, Arminda y Miriam; para ver a mi prima Adita, recogida por tía Lidia desde la muerte de Adelfa, la hermana "que en Gloria esté".

Justo enfrente, sólo cruzando, quedaba el bajareque de Narciso el Mocho, entre una ceiba y la casa de su hermana Lorenza. En el traspatio de Lorenza había una valla de gallos y los domingos aquello era un hormiguero. Mano y sus hermanos cuidaban los animales finos, pero entre semana no se dejaba pasar niños.

Cien metros a la izquierda, el bodegón de El Sol de Cuba. Cincuenta a la derecha, un ancho terraplén que decían que llegaba a Cayo La Rosa, pasando por la laguna Arigüanabo. Ambas márgenes de aquel camino que subía y bajaba estaban cerrados de monte, campo de operaciones de mi infancia, antesala del río...

El concierto de anoche fue en El Parque Central. A mis espaldas, el busto del hombre con la única palabra que lo explica todo, la que renombró la antigua Calle Real: Martí. Veinte metros atrás, el otrora imponente edificio del Teatro Casino, la Sociedad y uno de los dos cines que había en San Antonio (el primero en que estuve). Hoy todo puras ruinas. Reconstrucción calculada en un millón de dólares.

Con el busto de Martí, la bandera cubana que pusimos y las ruinas del Teatro Casino en las espaldas, fue el concierto de anoche. Como algunos otros buenos conciertos, llovió. Llovió después de muchos días de cielo despejado. Supongo que algo nos tenía que caer de arriba a aquellos locos que cantábamos empecinadamente, pese a los instrumentos anegados, diciéndonos tanto los unos a los otros.

Algo que dije con palabras fue un modestísimo homenaje a Rodolfo Chacón, quien asombró mi infancia con una voz que hasta aquella tarde en La Quintica yo no podía imaginar. Rodolfo hoy día es un jubilado de la escena que dedica horas y fuerzas a preparar jóvenes y niños en el hermoso arte de la lírica. Enseñar a cantar es enseñar historia, maneras, cultura a los que crecen, haciéndoles crecer. Espero que algún día la importante labor de Chacón le sea sea reconocida, como mucho merece.

Las autoridades de San Antonio nombraron hijo ilustre a Frank Fernández, y a mi también. Agradezco el elogio a mi trabajadora y soñadora familia. En unos días hará 68 años que lo de hijo de mi pueblo me conforma.

Cumplida quedó la fraterna porfía con Frank de hacer conciertos en Mayarí y en San Antonio. Acuerdo que no fue más que un pretexto para retomar lo que hemos hecho tantas veces. En ambos conciertos llovió; en ambos el pueblo se mantuvo hasta el fin. Ambos sabemos que volveremos a estar juntos, de alguna forma, en nuestras respectivas patrias chicas y siempre en la grande.

Cuántos amigos de la infancia, cuántos conocidos y cuántos episodios revisitados. Cuántos hijos de vecinos, cuántos nietos de primos hermanos. Cuántos idos por llamamientos naturales; cuantos porque los hijos se les fueron y "qué voy a hacer con la vejez".

Yendo hacia el pueblo, mi madre extraía de entre las brumas a Mayuya y sus hermanos, familia cuya casa colindaba con el placer de pelota de la esquina. En medio del concierto, increíblemente, una nieta de aquellos se me acercó a preguntarme dónde estaba mi madre. ¿Cómo es que la memoria de dos familias, con tanta ausencia de por medio, pudo coincidir y buscarse allí, bajo la lluvia, en aquel parque?

Milagros en los que vale la pena creer.

Gracias mi pueblo, por de cierta manera seguir siendo San Antonio de los Baños.








Chacón con varios de sus alumnos

El cuarteto

El duo de Pablo Alejandro y Lorena


domingo, 9 de noviembre de 2014

El Premio Cervantes para Roberto Fernández Retamar

por Guillermo Rodríguez Rivera

Muchos dicen que el Premio Cervantes es el Nóbel de la lengua española. Es el más abarcador y el mejor dotado entre los que distinguen a nuestros escritores. Con él, únicamente cabría comparar al Premio Juan Rulfo, pero el galardón mexicano premia exclusivamente a escritores hispanoamericanos. El Cervantes, desde su fundación en 1976, en la que escogió como premiado a Jorge Guillén y, al año siguiente cuando optó por Alejo Carpentier,  ha elegido de manera alterna a españoles e hispanoamericanos.

Pero hay escritores que tienen, digamos, poca suerte.

Según avanza el tiempo van desapareciendo algunos escritores. Otros, que hemos visto crecer ante nosotros, obtienen múltiples, justos galardones.

Estoy pensando ahora mismo en mi amigo José Emilio Pacheco, premio Cervantes en el año 2009, el mismo año en que lo premian con el Reina Sofía.

Me honré con la amistad de José Emilio, hombre de una bondad enorme y  de una modestia tan transparente como su sinceridad. Le conocí en 1967, cuando juntos participamos en el “Encuentro con Rubén Darío”, que organizó Casa de las Américas para conmemorar el centenario del gran nicaragüense.

Recuerdo un rincón de la famosa casa Dupont, en Varadero –la casa evocada como Xanadú en El Ciudadano Kane, el film de Orson Welles– donde almorzábamos José Emilio, Roque Dalton, Orlando Alomá y quien firma estas páginas.

En una crónica posterior a esa visita a Cuba, en la revista Siempre!, José Emilio confesaba el cambio que significó para su poesía el hallazgo de la nueva poesía cubana. El vuelco esencial que va de El reposo del fuego a No me preguntes cómo pasa el tiempo, avala la honrada confesión de JEP.

Habría que decir que uno de los padres de esa renovación poética fue Roberto Fernández Retamar, figura esencial en la literatura de la lengua en esos años sesenta, junto a poetas como Juan Gelman, Enrique Lihn, Jaime Sabines, Ernesto Cardenal.

Un poemario como Historia antigua (1965) resultó esencial en la maduración de esos nuevos poetas, entre los que menciono a Luis Rogelio Nogueras, Victor Casaus, Raúl Rivero y Nancy Morejón.

Quien crea que es escasa la obra poética de RFR, debería consultar –y disfrutar– las casi 500 páginas de sus doce poemarios.

Roberto, gran conocedor de la obra de José Martí, ha sido un revalorizador de la literatura hispanoamericana con un ensayo como Calibán, traducido a una pluralidad de lenguas. La revista Casa, que dirige desde 1965 fue una entidad guía de la intelectualidad latinoamericana y una de las más importantes de la lengua. Fernández Retamar conoce como pocos en el continente la literatura y la historia de España. Recuerdo ahora su ensayo contra la “leyenda negra española” y su Antología de poetas españoles del siglo XX, por la cual empezamos a asomarnos a ese universo muchos escritores cubanos.

Profesor de literatura en la Universidad de la Habana, doctor honoris causa y profesor invitado en varias universidades del mundo, creo que Roberto Fernández Retamar merece y, más aún, creo que honraría el ilustre Premio Cervantes.

En ese haberlo olvidado, ¿incidiría su permanente apoyo a la Revolución Cubana? Podría ser: recordemos la embestida del gobierno de José María Aznar y su promoción de la “posición común” europea contra Cuba. Pero esos grandes premios –si de veras aspiran a reconocer los méritos intelectuales– deben estar, como pedía Romain Rolland, au dessus de la mélée. 

Acaso este sea el momento de rectificar.

  

sábado, 8 de noviembre de 2014

Artemisa

Cuando yo nací, en Cuba había seis provincias y, para evocarlo, se cantaba aquello de “Seis lindas cubanas”. Unos años después del triunfo revolucionario, aquellas seis se convirtieron en catorce. Se fragmentaron sobre todo los extensos territorios del oriente de Cuba, donde había muchos latifundios, para facilitar su administración. De aquella nueva partición, resultó que la pequeña provincia de La Habana se convirtió en dos: Ciudad de La Habana, que comprende el área capitalina y sus alrededores, y La Habana. Después La Habana, popularmente conocida como Provincia Habana, volvió a partirse en dos, dando lugar a las nuevas provincias de Mayabeque y Artemisa. En la cabecera de esta última, anoche, fue el concierto número 60 de la gira interminable.

Cuando yo nací, Artemisa era la ciudad más oriental de la provincia de Pinar del Río. Tiene el mérito de ser el lugar de Cuba que contribuyó con más jóvenes patriotas al asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, en fecha que dio nombre al Movimiento 26 de julio que, luego de una lucha de casi seis años, derrocó a la tiranía batistiana el 1º de enero de 1959.

Hoy mi ciudad natal, San Antonio de los Baños, que siempre fue habanera, es parte de la provincia de Artemisa. Por eso, además de arigüanabense (del Arigüanabo, por el río), ahora también soy artemiseño.

Por cosas del destino, el barrio de Artemisa en que estuvimos también se llama San Antonio. Qué felices se veían los ciudadanos de ese barrio. Qué bien recibieron a los especiales de la noche: el magnífico Raúl Torres y sus excelentes músicos.

A mi llegada saludé a un compañero que conozco desde la época del semanario Mella y que después estuvo conmigo en el 1er llamado del servicio militar. Me encontré con otro que —increíblemente— me recordaba de la 3234, unidad donde pasé “la previa”, mis duros 3 primeros meses como recluta. Otro guajiro me retorció una mano y me gritó: “¡Yo soñé con aviones!”. Le dije que iba a tratar, porque hacía rato que no la tocaba. Durante todo el concierto una muchacha de voz atronadora pidió "La era", haciendo temblar la tierra. La titulé “La voz del pueblo” y me esperó al final, para tronarme ante los ojos y llorarme en las manos.

Muy intenso este San Antonio de Artemisa.

Gracias a la ciudad, al pueblo bravo que nos abrazó con tanta fuerza y lo hizo posible.

Raúl Torres


Pueblo de San Antonio de Artemisa

domingo, 2 de noviembre de 2014

¿Qué opinas de los tríos?

Por Rodolfo Romero Reyes

Sí, estábamos en la facultad cuando nos decidimos a conocer a fondo la opinión de la gente sobre un tema que despertaba nuestro interés. Salimos para la calle y empezamos a preguntar. He aquí, en orden, las respuestas que recibimos.

Muchacha 1: Yo creo que es una fantasía muy común, más en hombres que en mujeres. La mayoría de los novios que he tenido me lo han propuesto en varias ocasiones pero nunca lo he aceptado. Siempre quieren que seamos dos muchachas, para así ellos disfrutar de lo lindo. ¿Y por qué no pueden ser dos varones conmigo?, me pregunto. Ahí enseguida cambian el tema. Esta es una sociedad muy machista.

Muchacho 1: Pues de mí que digan lo que quieran: que soy cheo, anticuado. Pero yo no entiendo esos deseos en una mujer, mucho menos en mi novia. O son lesbianas o heterosexuales, pero esa mezcla, no sé. De verdad que yo, con mis 26 años, no entiendo ese tipo de relajo. Las parejas deben ser de dos. ¿O acaso estoy equivocado?

Muchacha 2: A mí no me gusta la idea de hacerlo con dos hombres. Si lo hago algún día, sería con un hombre y una mujer. Claro, nunca con mi novio. Por ejemplo, yo tengo una pareja de amigos con los que sí. Él trabajó en una investigación conmigo y ella pertenece al mismo proyecto que yo; si un día me lo proponen, imagino que aceptaré porque, primero hay confianza, y segundo, no me pondría celosa de nadie. De hecho, una vez se lo dije a ese amigo, que es con el que tengo más confianza. En cambio con mi novio, los celos me matarían.

Profesora 1: Yo creo que eso está de moda ahora y responde a una situación social concreta. Los tiempos actuales son muy pasivos y las nuevas generaciones siempre han sido rebeldes. Como no vivimos tiempos de manifestaciones, ni siquiera de «salir del closet» porque ya todo el mundo salió, es la época de ser rebeldes en ese espacio que nunca nadie nos podrá quitar: la intimidad. Los tríos son, en tanto, una expresión de rebeldía íntima de una pareja o de un grupo de amigos que quieren rebelarse contra el orden establecido.

Muchacha 3: Yo no soy lesbiana. Pero una vez lo hice. Fue algo muy casual, en una fiesta que terminó de forma inesperada. Mi amiga lo besó a él, él a mí y yo a mi amiga. De ahí adelante todo fluyó tan natural… Pasamos una noche lindísima, espectacular.

Muchacho 2: Yo lo hice una vez con un amigo y una jevita ahí, que era tremendo «cañón». A los dos nos gustaba, y ella además era un poco loquita, hay que admitirlo. Nos fuimos para mi casa y estuvimos los tres. Claro, que mi amigo y yo no nos tocamos, nosotros somos «hombres a todas». Solamente le dimos placer a ella.

Profesor 1: Yo doy clases en la Facultad de Comunicación y una vez hice una encuesta. Resultó que la mitad del aula lo deseaba y tres de ellos, ya lo habían hecho. Ninguno se consideraba bisexual; digamos que, en su opinión, era solo algo experimental.

Muchacho 3: En Cuba proliferaron los tríos, probablemente recibiendo la influencia de agrupaciones legendarias como «Los Panchos». Entre los más famosos se ubican el Trío Pensamiento, la más antigua de las agrupaciones corales yayaberas, dirigido por el maestro Miguel Campanioni, y otros como Los Teofilitos, Matamoros, Hermanas Martí, Los Cancilleres, Voces de Oro, Los Titanes, Los Embajadores y el trío Servando Díaz, por solo citar algunos.

Después de esta respuesta, que era en realidad la que buscábamos desde un inicio para la tarea de la asignatura Apreciación musical, desistimos de continuar la encuesta. Con esa imaginación tan fértil de los cubanos y las cubanas, temimos que, al preguntar por lo cuartetos, termináramos todos protagonizando una ardiente y profana orgía.

Fuente: http://letrajoven.wordpress.com/2014/10/30/que-opinas-de-los-trios/